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Trastorno de pánico y agorafobia

Cuando el miedo a sentir miedo paraliza nuestra vida, estamos ante un trastorno de pánico o agorafobia.

Imagina caminar por la calle, conducir hacia el trabajo o estar en un centro comercial y, de repente, sin previo aviso ni motivo aparente, sentir que el corazón se desboca.

Trastorno de pánico
 
La respiración se acorta, un sudor frío recorre el cuerpo y la mente se inunda con una certeza aterradora: la sensación inminente de perder el control o incluso la vida.

Esta experiencia, profundamente angustiosa, es la carta de presentación de un ataque de pánico.

Cuando estos episodios se repiten y transforman la forma en que vivimos, nos adentramos en el complejo terreno del trastorno de pánico y su frecuente compañero de viaje, la agorafobia.

Desde Grupo Motyva, queremos arrojar luz sobre esta realidad clínica para comprenderla y, sobre todo, abordarla desde el rigor psicológico.

Un falso sistema de alarma.

El trastorno de pánico se caracteriza por la aparición súbita y recurrente de crisis de angustia.

Durante estos episodios, el sistema de alerta del organismo se activa con la misma intensidad que si enfrentáramos una amenaza de muerte inminente, pero en ausencia de un peligro real.

Es, en esencia, un cortocircuito en nuestra respuesta natural de supervivencia. Quienes experimentan estos ataques a menudo acuden a los servicios de urgencias convencidos de estar sufriendo un accidente cardiovascular.

Sin embargo, el origen de esta sintomatología física radica en la mente. Comprender que el corazón no está fallando, sino que el cuerpo está respondiendo a una falsa alarma cerebral, es el primer paso hacia la recuperación.

El encogimiento del mundo personal.

El impacto de un ataque de pánico deja una huella profunda en quien lo padece. Aquí es donde surge lo que en psicología clínica denominamos ansiedad anticipatoria: el miedo a volver a sentir ese miedo.

Como mecanismo de defensa, la persona comienza a evitar los lugares o situaciones donde sufrió crisis anteriores o de los que resultaría difícil escapar o recibir ayuda en caso de un nuevo episodio. Este es el núcleo de la agorafobia.

A menudo, la agorafobia se define erróneamente en la cultura popular como el simple temor a los espacios abiertos. La realidad clínica es más compleja; se trata del miedo a la vulnerabilidad y al desamparo.

El mundo de la persona afectada comienza a encogerse progresivamente. Al principio se pueden evitar las multitudes, los túneles o el transporte público; posteriormente las grandes superficies, hasta que, en los cuadros más severos, el hogar se convierte en el único refugio que el cerebro percibe como seguro.

Agorafobia
 

Recuperar el terreno perdido.

Vivir en este estado de alerta constante supone un desgaste emocional y físico considerable. Las relaciones sociales, el desarrollo laboral y la autonomía personal se ven directamente mermados, generando con frecuencia un profundo aislamiento y episodios depresivos derivados de la frustración.

A pesar de la dureza de esta situación, el mensaje fundamental que la psicología actual puede ofrecer es de base científica y optimista: el trastorno de pánico y la agorafobia cuentan con altos índices de recuperación cuando se abordan con la intervención profesional adecuada.

El camino hacia la normalidad.

El tratamiento psicoterapéutico de estas patologías no consiste en aprender a no sentir miedo, una emoción natural e inerradicable, sino en reeducar al cerebro para que evalúe correctamente las amenazas.

Mediante un enfoque estructurado, los especialistas en salud mental trabajan para identificar y reestructurar los pensamientos catastróficos que alimentan el pánico.

En paralelo, se acompaña al paciente en un proceso gradual y seguro de reaproximación a esas situaciones que ha evitado.

En Grupo Motyva, concebimos este proceso como un entrenamiento, dotando a la persona de herramientas de regulación emocional para que compruebe por sí misma que las sensaciones físicas, aunque muy desagradables, no son un peligro real para su integridad.

Poco a poco, el paciente recupera la confianza en su propio cuerpo y, con ella, la libertad de retomar las riendas de su vida cotidiana.

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