La agresividad es una conducta frecuente en la infancia, mucho más frecuente en los primeros años, y luego va disminuyendo. El nivel máximo puede darse alrededor de los 2 años, cuando disminuye hasta alcanzar niveles más moderados en la edad escolar. Así, cuando decimos que un niño mayor es agresivo, decimos que tiene la misma frecuencia de conductas agresivas que el de 2 o 3 años.

Este tipo de conductas (al igual que la mayoría) se suelen aprender por imitación u observación de la conducta de personas cercanas, es decir, el niño tiende a imitar los modelos de conducta que se le presentan alrededor. La reacción de cada niño depende de cómo haya aprendido a reaccionar ante las situaciones conflictivas. Si vive rodeado de modelos agresivos, irá adquiriendo un repertorio conductual caracterizado por una tendencia a responder agresivamente a las situaciones conflictivas.

En los casos de que sea persistente esta agresividad infantil, el tratamiento debe estar ser realizado por un profesional especializado; lo primero que harán será identificar, a través de registros, entrevistas y charlas con los padres, los antecedentes y consecuentes del comportamiento agresivo del niño.