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Bulimia

Más allá de la conducta alimentaria, en la bulimia nos encontramos ante una gestión emocional desbordada donde la comida se utiliza como un alivio temporal frente a una ansiedad que parece no tener fin.

Mujer con bulimia
 
Si la anorexia se levanta sobre un muro de control rígido, la bulimia y el trastorno por atracón se manifiestan como una pérdida de ese control que genera una profunda herida en la autoestima.

En la consulta de Grupo Motyva, observamos que estos trastornos suelen ser los más invisibles para el entorno cercano.

El paciente suele mantener un peso dentro de los rangos de la normalidad y realiza sus rituales en la más estricta soledad, lo que retrasa la petición de ayuda profesional debido al estigma y a un sentimiento de vergüenza que actúa como una losa.

El atracón como anestesia emocional.

El núcleo de este problema no es el hambre física, sino una necesidad imperiosa de adormecer un malestar interno.
El episodio de ingesta voraz —el atracón— funciona como una vía de escape rápida ante situaciones de estrés, soledad, tristeza o baja tolerancia a la frustración.

La comida pierde su función nutritiva para convertirse en una herramienta de autorregulación emocional. Es una gratificación inmediata que, desaparece tan rápido como llega, dejando paso a una realidad mucho más amarga.

Reparar el atracón.

Tras el descontrol, aparece la culpa. En el caso de la bulimia, esta angustia empuja a la persona a intentar ‘reparar’ lo sucedido mediante conductas compensatorias: a través de la purga, el ejercicio físico extenuante o periodos de ayuno punitivo.

Dentro de este trastorno se suelen diferenciar dos subtipos, por un lado de tipo purgativo (en el que existen vómitos, uso de laxantes, diuréticos, etc.) o no purgativo (no se usan purgas sino que se recurre al ayuno, ejercicio físico intenso, etc.). Las personas que pertenecen al segundo grupo, suelen tener un peso más elevado, suelen darse menos atracones y el trastorno es más leve.

Se crea un círculo vicioso agotador: la restricción genera más ansiedad, la ansiedad desemboca en un nuevo atracón y el ciclo se repite, minando la salud física y la estabilidad mental del paciente.

Trastorno de la alimentación, bulimia
 

La fachada de la normalidad y el desgaste psicológico.

Una de las características más complejas de tratar en adultos, es la capacidad de mantener una vida aparentemente funcional mientras se convive con el trastorno.

El paciente puede ser un profesional exitoso, un padre o madre dedicado o un estudiante brillante, lo que hace que su sufrimiento sea doblemente difícil de detectar.

Esta ‘doble vida’ genera un desgaste psicológico inmenso; la energía que se consume en ocultar las huellas del trastorno y en fingir que todo está bien acaba derivando en cuadros de depresión o ansiedad generalizada.

Es fundamental entender que esta impulsividad no es falta de carácter. Las investigaciones actuales apuntan a una compleja interacción entre la predisposición biológica, la regulación de los neurotransmisores relacionados con el placer y una historia personal donde no se han desarrollado estrategias eficaces para gestionar las emociones intensas.

Por ello, el reproche o la exigencia de ‘tener más voluntad’ solo profundiza el problema.

Recuperar el equilibrio y la libertad.

El tratamiento que planteamos en nuestro centro se aleja de los enfoques punitivos o meramente nutricionales.

El objetivo principal es ayudar al paciente a reconciliarse con su propia impulsividad y enseñarle a identificar los ‘disparadores’ emocionales antes de que se conviertan en un episodio de descontrol.

Trabajamos en la construcción de una relación sana con la comida, pero sobre todo, en una relación compasiva con uno mismo.

La recuperación implica aprender a transitar por las emociones incómodas sin necesidad de recurrir a la comida como analgésico.

Al dotar al paciente de nuevas herramientas de gestión emocional y fortalecer su autoconcepto, el ciclo de culpa y compensación pierde su razón de ser.

En Grupo Motyva creemos que la verdadera curación comienza cuando el paciente comprende que no necesita ser perfecto para ser dueño de su vida, y que la libertad se encuentra en el equilibrio, no en los extremos.

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