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Problemas de conducta

Más allá de la rebeldía, abordamos el comprender los problemas de conducta en la infancia y adolescencia.

El desarrollo humano, especialmente durante la niñez y la adolescencia, es un periodo marcado por el descubrimiento, la afirmación de la identidad y, de manera natural, la puesta a prueba de los límites.

Es habitual que los padres se pregunten en qué momento una simple rabieta o una actitud desafiante deja de ser una fase pasajera para convertirse en un problema de conducta que requiere atención clínica.

Adolescente con problemas de conducta
 
En el ámbito de la psicología infantil y adolescente, trazar esta línea es el primer paso para ofrecer el apoyo adecuado.

No son simplemente niños o jóvenes «mal educados».

Para comprender estas dinámicas, es necesario dejar a un lado la idea de que se trata simplemente de menores «mal educados».

Desde una perspectiva profesional, estas conductas disruptivas suelen ser la punta del iceberg; la manifestación externa de un malestar emocional que el menor no sabe gestionar.

Cuando la desobediencia o la agresividad interfieren de forma significativa en la vida familiar, el rendimiento escolar o las relaciones sociales, nos encontramos ante una situación que demanda intervención.

Clasificación para un tratamiento de precisión.

En el ámbito clínico, los profesionales clasificamos estas dificultades para orientar con precisión el tratamiento, diferenciando principalmente dos grandes cuadros diagnósticos.

Trastorno negativista desafiante.

Por un lado, encontramos el trastorno negativista desafiante, caracterizado por un patrón persistente de hostilidad hacia las figuras de autoridad.

En estos casos, el menor, generalmente dentro del entorno doméstico y con personas de su entera confianza, presenta rabietas constantes, discute sistemáticamente con los adultos, se niega a cumplir las órdenes, molesta deliberadamente a los demás e intenta culpar a terceros de sus propios errores.

A pesar del desgaste que genera, en este nivel el niño no llega a violar los derechos básicos de otras personas ni muestra una agresividad física extrema.

Trastorno disocial.

Por otro lado, cuando la situación reviste una mayor complejidad y gravedad, hablamos del trastorno de la conducta, conocido en manuales anteriores como trastorno disocial.

Este cuadro implica un comportamiento repetitivo que vulnera los derechos ajenos y las normas sociales básicas esperables para la edad del paciente.

Se manifiesta a través de un abanico de actitudes que van desde la agresión verbal o física, la intimidación y la crueldad hacia personas o animales, hasta la destrucción intencionada de la propiedad ajena.

También abarca comportamientos como el robo, la mentira recurrente para obtener beneficios y la violación sistemática de las normas paternas, como escaparse de casa o ausentarse del colegio.

La edad de inicio es un factor determinante: si estos síntomas aparecen antes de los diez años, el cuadro suele requerir un abordaje más profundo que cuando debuta en la etapa adolescente.

Problemas de conducta. Consulta
 

Déficit en las habilidades de regulación emocional.

Detrás de todo este comportamiento visible, sea cual sea su gravedad, los psicólogos exploramos un amplio espectro de factores subyacentes. En muchas ocasiones, estos problemas esconden un déficit en las habilidades de regulación emocional.

El niño o adolescente experimenta emociones intensas y, al carecer de las herramientas para canalizarlas, estas estallan en forma de agresión o desafío.

Asimismo, los cambios en la estructura familiar, las dificultades de aprendizaje, el acoso escolar o las transiciones vitales actúan frecuentemente como detonantes.

El impacto de estas dinámicas genera un profundo desgaste en el núcleo familiar. Los padres suelen experimentar sentimientos de culpa o impotencia al ver que sus estrategias educativas habituales no surten efecto, derivando en un clima de tensión constante en el hogar.

La intervención psicológica es un recurso esencial.

Llegados a este punto, la intervención terapéutica se convierte en un recurso esencial. El abordaje no se centra únicamente en extinguir la conducta problemática, sino en comprender su función y dotar al paciente de recursos más adaptativos.

Mediante la terapia, los menores aprenden a identificar sus emociones, desarrollar la empatía, tolerar la frustración y comunicarse de manera asertiva.

Se trata de un proceso de entrenamiento en habilidades vitales que les acompañarán en su vida adulta.

Trabajo en familia.

De igual modo, el trabajo con la familia es un pilar innegociable. La psicología orienta a los padres, proporcionándoles pautas educativas coherentes y estrategias de modificación de conducta basadas en el refuerzo positivo y el establecimiento de límites firmes, pero afectuosos.

Abordar los problemas de conducta a tiempo, comprendiendo la naturaleza exacta del diagnóstico, previene el arraigo de patrones perjudiciales y devuelve el bienestar emocional tanto al menor como a su entorno más cercano.

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