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El ictus es un punto y aparte, no un punto final. A menudo llega sin avisar, como una tormenta repentina en un día tranquilo.

Comprender qué ocurre en el cerebro y actuar con rapidez es vital, pero es la rehabilitación especializada la que escribe los siguientes capítulos de la recuperación.

El ictus, conocido popularmente como embolia o infarto cerebral, es una de esas realidades médicas que, en cuestión de segundos, pueden alterar el curso de una vida y la de todo el entorno familiar.

Sin embargo, lejos de la visión fatalista que imperaba hace décadas, hoy la ciencia y la neurorrehabilitación ofrecen un horizonte mucho más optimista.

Entender qué sucede y, sobre todo, saber qué pasos dar tras el alta hospitalaria, es la clave para recuperar la autonomía.

Cuando el tiempo es cerebro.

Para comprender el ictus, debemos imaginar el cerebro como una ciudad compleja que necesita un suministro constante de energía para funcionar. Esta energía llega a través de la sangre.

El accidente cerebrovascular ocurre cuando ese flujo se interrumpe bruscamente, ya sea porque una ‘tubería’ se ha atascado —lo que denominamos ictus isquémico— o porque se ha roto, provocando un ictus hemorrágico.

Tipos de ictus

Volviendo a la analogía de las ‘tuberías atascadas’, es vital entender qué provoca ese atasco en la inmensa mayoría de los casos. Aquí entra en juego un enemigo silencioso que se gesta durante años: la aterosclerosis.

La aterosclerosis.

No es algo que ocurra de la noche a la mañana, sino un proceso lento en el que las arterias van perdiendo su flexibilidad natural y acumulando placas de grasa, colesterol y otras sustancias en sus paredes internas.

Con el paso del tiempo, el conducto se estrecha tanto que el flujo sanguíneo se vuelve insuficiente o, lo que es más frecuente, una de esas placas se rompe, generando un coágulo que tapona la vía por completo.

Controlar la hipertensión o el colesterol.

Este es el origen del ictus arteroesclerótico, el tipo más habitual, y su existencia nos recuerda la importancia crucial de controlar factores como la hipertensión o el colesterol para mantener esas vías vitales lo más limpias posible.

La consecuencia inmediata es que las neuronas de la zona afectada dejan de recibir oxígeno y comienzan a sufrir.
Por eso los neurólogos insisten tanto en la rapidez de actuación ante síntomas como la pérdida de fuerza en un lado del cuerpo, la dificultad para hablar o la desviación de la comisura de los labios.

La atención médica urgente salva vidas, pero una vez superada la fase aguda en el hospital, comienza el verdadero desafío: reaprender a vivir.

La neuroplasticidad: el gran aliado de la recuperación.

Existe un concepto fascinante que es el pilar de todo tratamiento en Grupo Motyva: la neuroplasticidad. Durante mucho tiempo se creyó que el cerebro adulto era estático y que las neuronas perdidas no tenían relevo.

Hoy sabemos que esto no es del todo cierto. Nuestro cerebro posee una capacidad asombrosa para reorganizarse.

Rehabilitación en ictus

Las células muertas no reviven.

Si bien las células muertas no reviven, las neuronas sanas adyacentes pueden aprender a realizar las funciones de las que se han perdido, tejiendo nuevas conexiones y rutas de información.

Este proceso biológico no ocurre por arte de magia; requiere un estímulo constante, dirigido y profesional. Aquí es donde la rehabilitación deja de ser una serie de ejercicios repetitivos para convertirse en una estrategia clínica precisa.

El cerebro necesita que se le enseñe de nuevo cómo mover una mano, cómo tragar o cómo encontrar la palabra exacta que se resiste a salir.

Un enfoque que mira a la persona completa.

El impacto de un ictus rara vez es unidimensional. A menudo, el paciente se enfrenta a una mezcla compleja de secuelas físicas, cognitivas y emocionales. Por este motivo, el tratamiento no puede parcelarse.

En centros especializados como el nuestro, la recuperación se entiende como una labor de orfebrería donde intervienen diferentes manos trabajando al unísono.

Diferentes manos trabajando al unísono.

La fisioterapia neurológica se encarga de despertar el cuerpo, trabajando el tono muscular y el equilibrio para volver a caminar o recuperar la movilidad del brazo afectado.

Pero el movimiento sirve de poco si no podemos comunicarnos o comprender nuestro entorno; es ahí donde la logopedia y la neuropsicología entran en juego, abordando desde los problemas del habla y la deglución hasta la memoria y la atención.

Del mismo modo, la terapia ocupacional juega un rol indispensable, pues actúa como el puente entre la recuperación clínica y la vida real, enseñando al paciente a vestirse, comer o asearse de nuevo con la mayor independencia posible.

Todo ello, sin olvidar el apoyo psicológico, fundamental para gestionar el duelo por la salud perdida y encontrar la motivación necesaria para afrontar el trabajo diario.

El camino se hace caminando.

La recuperación de un ictus es una carrera de fondo, no un sprint. Cada caso es un universo distinto y establecer pronósticos cerrados suele ser un error.

Lo que sí es una certeza médica es que el inicio temprano de la rehabilitación y la constancia son los factores que más influyen en el resultado final.

En Grupo Motyva sabemos que tras el diagnóstico hay incertidumbre, pero también sabemos que con el trabajo adecuado, la paciencia y el acompañamiento profesional, se pueden conseguir avances significativos que devuelven la calidad de vida.

El ictus marca un antes y un después, sin duda, pero con las herramientas adecuadas, ese ‘después’ puede estar lleno de nuevos logros y superación.

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