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Ansiedad infantil

Comprender para intervenir la ansiedad infantil y en la adolescencia.

El miedo y la preocupación son emociones inherentes al desarrollo humano. Desde el temor a la oscuridad en los primeros años de vida hasta la incertidumbre ante los exámenes en la etapa de instituto, estas reacciones cumplen una función evolutiva de protección.

Niña con ansiedad
 
Sin embargo, cuando la intensidad de estas emociones resulta desproporcionada frente al estímulo que las provoca, y su duración en el tiempo comienza a limitar la vida diaria del menor, nos encontramos ante un posible trastorno de ansiedad.

En el área de psicología infantil y adolescente de Grupo Motyva, observamos con frecuencia cómo esta condición clínica se camufla tras comportamientos que pueden resultar desconcertantes para las familias, retrasando la búsqueda de apoyo profesional.

El lenguaje del cuerpo en la infancia.

A diferencia de los adultos, los niños pequeños rara vez verbalizan su angustia con claridad. En lugar de expresar que se sienten ansiosos o preocupados, es habitual que la sintomatología encuentre una vía de escape a través del cuerpo.

Las quejas recurrentes sobre dolores de estómago o de cabeza antes de ir al colegio, las alteraciones en el patrón de sueño o los cambios en la alimentación son señales que merecen atención.

Asimismo, la ansiedad infantil suele traducirse en conductas de apego hacia las figuras de referencia, reticencia a dormir solos o episodios de llanto y rabietas que parecen carecer de un motivo desencadenante claro.

El entorno tiende en ocasiones a interpretar estas reacciones como simples problemas de conducta o llamadas de atención, lo que dificulta la identificación del malestar emocional subyacente y genera frustración tanto en el niño como en sus padres.

La adolescencia y el peso de las expectativas.

Al llegar a la adolescencia, el foco de las preocupaciones se transforma para adaptarse a los retos propios de esta etapa vital. La mirada de los demás cobra un peso específico, propiciando la aparición de la ansiedad social.

En este contexto, el miedo al juicio, a la evaluación negativa o al rechazo por parte del grupo de iguales puede llevar a un progresivo aislamiento.

Además, la presión académica y las expectativas sobre el futuro generan en muchos jóvenes un perfeccionismo paralizante.

Niño con ansiedad
 
Durante este periodo, la ansiedad no siempre se muestra como nerviosismo visible; a menudo se esconde tras una actitud de evitación sistemática, apatía generalizada o, de forma muy característica, a través de respuestas hostiles, irritabilidad y un aumento de la conflictividad familiar.

El sufrimiento de quien percibe su entorno como un lugar exigente e impredecible impacta de manera directa en su autoestima y en el desarrollo de su identidad.

El camino hacia la regulación emocional.

El impacto de un trastorno de ansiedad no tratado abarca múltiples esferas. A nivel cognitivo, interfiere en la capacidad de atención y en el rendimiento escolar, mientras que en el plano social, la evitación de situaciones percibidas como amenazantes priva al menor de experiencias necesarias para su maduración.

Por ello, el abordaje terapéutico requiere rigor, especialización y empatía.

Desde nuestra consulta, planteamos una intervención basada en la evidencia que proporciona herramientas prácticas tanto al paciente como a su núcleo familiar.

Es preciso aclarar que el tratamiento no persigue eliminar la ansiedad por completo, ya que es una emoción natural y necesaria, sino enseñar al paciente a regularla y a tolerar la incertidumbre.

Técnicas de reestructuración.

Mediante técnicas de reestructuración, ayudamos a los menores a identificar y modificar aquellos pensamientos anticipatorios que alimentan su miedo.

Paralelamente, la exposición gradual a las situaciones temidas, siempre desde un entorno seguro y bien pautado, permite que recuperen la confianza en sus propias capacidades para afrontar los retos cotidianos.

El trabajo conjunto con los padres es una pieza angular en este proceso.

Orientar a las familias para que se conviertan en figuras de apoyo capaces de validar las emociones de sus hijos, sin fomentar la evitación, resulta clave para construir un camino sólido hacia el bienestar psicológico y el desarrollo emocional equilibrado.

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